Todos somos susceptibles de tener un antojo, aunque es cierto que las embarazadas los suelen presentar con más frecuencia. A veces, solemos confundir un antojo puntual de lo que es realmente hambre y, como consecuencia, el estómago sufre.

El cuerpo es sabio y tiene sus motivos por los que “pide” ciertas cosas, aunque eso no nos da vía libre para consumir cualquier alimento de forma desmesurada. Caer en la tentación de un antojo no es algo desaconsejado, excepto cuando este deseo es recurrente y se satisface de forma descontrolada.

Entonces, ¿cómo podés distinguir si se trata de un impulso o realmente estás hambriento? Existen cinco tips para diferenciar entre lo uno y lo otro. Estos son:

– Forma de aparición: si aparece de forma paulatina es apetito, mientras que si se presenta de repente estás ante un antojo.

– El objeto de deseo: si no te importa qué alimento consumir estás hambriento, mientras que si preferís uno en particular es un antojo.

– Nivel de voracidad: si podés esperar un poco hasta satisfacer tus necesidades de comida estás hambriento. En cambio, si querés consumirlo en ese mismo instante se trata de un antojo.

– Obtención de satisfacción: si cuando dejás de comer te sentís saciado significa que tenías hambre, mientras que si seguís comiendo aún cuando ya no tenés más apetito se trata de un antojo.

– Consecuencias posteriores: si te sentís bien cuando terminás de comer, era hambre lo que presentabas, mientras que si notás que estás indigesto, con culpa y con arrepentimiento era un antojo.