En su reciente libro “Rasgos alterados”, los reconocidos Daniel Goldman (autor del concepto de Inteligencia Emocional) y Richard Davidson (investigador reconocido por su trabajo con lamas) desarrollan una idea muy interesante en relación a los distintos caminos que el practicante de meditación puede recorrer.

La obra trata de cómo se producen en el cerebro los cambios propios de esta práctica, pero sugiere que esto ocurre de una manera evidente y registrable por técnicas de imágenes cuando el meditador practica lo que llaman “el camino profundo” y el “camino extendido”.

Camino profundo:

Aquí, según los autores, hay dos niveles: el nivel 1, que sería el de aquellos meditadores expertos que practican dentro de un contexto cultural/religioso/ideológico en el cual surgió la meditación, es decir, en oriente, y por lo tanto consagran su vida a la contemplación. Pueden ser sacerdotes, yoguis, lamas, etc. Estos meditadores han demostrado, en diversos estudios neurocientíficos, grandes capacidades mentales relacionadas con la práctica prolongada.

El segundo nivel de este camino profundo donde la meditación juega un rol primordial en las vidas de las personas corresponde a quienes practican con continuidad y perseverancia la meditación pero al mismo tiempo están en un contexto no necesariamente oriental y de hecho suelen dejar de lado las creencias o ideologías culturales orientales. Puede que este practicante no sea budista, por ejemplo, y de esta forma si bien tiene a las prácticas contemplativas como centrales en su vida, no está totalmente dedicado a ellas.

De alguna forma, estos dos niveles profundos de práctica corresponden a quienes verdaderamente han producido cambios importantes en sus vidas y registran un cerebro donde la meditación ha dejado una huella conectiva honda en los circuitos neurales.

Quienes enseñan mindfulness, por ejemplo, deberían aproximarse bastante a este nivel de experticia para poder ser verdaderamente ejemplo para sus alumnos y transmitir las cualidades que se cultivan en los ejercicios, como atención plena, ecuanimidad, paciencia, empatía.

Camino extendido:

Aquí, por el contrario, encontramos tres niveles donde la meditación no tiene un rol preponderante.

El nivel 3 corresponde al de personas que practican meditación con cierta continuidad, aunque no lo transforman en central en sus vidas. Por ejemplo quienes hacen un programa de mindfulness y mantienen algún tipo de práctica mientras siguen con sus vidas en los contextos habituales e intentando elevar niveles de bienestar. Estas personas son las que han tomado más herramientas de las clases de meditación y es probable que introduzcan algunos cambios en sus vidas.

En el nivel 4 están aquellos que practican de manera más intermitente, han tomado contacto con las prácticas pero a través de alguna actividad corta, de un entrenamiento más bien suave, o través de un app, de la lectura de libros, etc. Es quien suele sentirse atraído por la meditación pero aún no ha tomado la decisión radical de involucrarse en la práctica continua.

Por último, en el nivel 5 se encuentra quien ha sido “rozado” o apenas influido por algo relacionado con la meditación pero se mantiene algo alejado y quizás lo integra con otras herramientas (probablemente muy alejadas de los principios de la práctica contemplativa) para intentar elevar niveles de bienestar.