El líder ruso está perdiendo apoyo popular. La oposición pro-democracia le quitó un tercio de las bancas en la legislatura de la capital con una artimaña política. Y aumenta la resistencia a un nuevo mandato suyo a partir de 2024.

El partido de Vladimir Putin perdió una tercera parte de las bancas en la Legislatura de Moscú. Una derrota inesperada. La maquinaria del Kremlin está tan arraigada y aceitada que es muy difícil competir y ganarle. Pero después de un verano (del hemisferio norte) de protestas pro democracia, una dura represión y el veto a la gran mayoría de los candidatos opositores por medio de artimañas burocráticas, el movimiento putinesco de Rusia Unida, recibió una bofetada electoral. Y en gran medida se debió al “voto inteligente” que levantó la oposición liberal por la que votaron a cualquier candidato que estuviera mejor posicionado para derrotar al oficialismo. Aún no tienen el control del gobierno de la capital rusa, pero están cada vez más cerca de lograrlo.

Las casi 5.000 elecciones locales y regionales que se celebraron la última semana en Rusia estaban destinadas a ser apenas un trámite, sin ningún resultado trascendente. La estructura estatal, el eterno personalismo ruso -que desciende de los zares y los jerarcas del régimen comunista soviético- y la figura de Putin que sigue siendo popular, hacen casi imposible que otros partidos puedan desbancar a los líderes apoyados por el Kremlin. Pero las dificultades absurdas impuestas sobre la oposición liberal y europeísta para que sus candidatos pudieran presentarse a las elecciones, lo cambiaron todo. Las decisiones de la justicia electoral provocaron las mayores movilizaciones contra Putin desde 2012. La policía moscovita reprimió con dureza y detuvo a más de 3.000 personas.

La votación del 8 de septiembre se convirtió así en un verdadero referéndum sobre el cerrojo democrático que impone Putin, en uno de los escasos escenarios en los que la oposición puede comprobar su fuerza frente a un sistema que controla casi todos los resortes del poder.

En casi todo el resto del país, fue una victoria tras otras de Rusia Unida o sus innumerables aliados locales. Las prebendas del Kremlin compran muchas voluntades. Pero en Moscú, apareció el liderazgo del bloguero y activista Alexéi Navalni, que se había convertido en la cara más visible de las protestas. Con el rechazo por parte de la Comisión Electoral de las 57 candidaturas de la oposición extraparlamentaria por defectos en la presentación de avales, Navalni optó por otra estrategia. Lanzó a través de Internet una campaña con el lema “voto inteligente” para desbancar a los candidatos de Rusia Unida reuniendo el voto en torno al candidato que más posibilidades tuviera entre los partidos de la oposición parlamentaria. Son los partidos aceptados por el sistema porque en la mayoría de las cuestiones siempre apoyan a Putin: el Partido Comunista, el socialdemócrata Rusia Justa y el nacionalista Partido Liberal-Democrático. A cambio del apoyo de los “pro-demócracia”, los candidatos ganadores prometieron modificar las leyes electorales.

(Photo by Kirill KUDRYAVTSEV / AFP)
(Photo by Kirill KUDRYAVTSEV / AFP)

Ante esta movida opositora, los candidatos de Rusia Unida concurrieron como independientes, en un intento de no verse arrastrados por la pérdida de popularidad del partido. Pero no engañaron a nadie. Y si bien consiguieron mantener una mayoría en la asamblea moscovita, los seguidores de Navalni celebraron los resultados como una victoria. En 22 de los 45 distritos de Moscú ganaron los candidatos a los que apoyaron mediante el “voto inteligente”. Un resultado inédito.

Por ejemplo, lograron que el máximo líder de Rusia Unida en Moscú, Andréi Metelski, cayese derrotado ante el comunista Serguéi Savostiánov, después de 18 años como diputado en la asamblea local. Otra importante batalla se ganó en el distrito de Krasnoselski. Allí le habían prohibido presentarse a Iliá Yashin, un activista muy popular que pasó los últimos tres meses en la cárcel cumpliendo “arresto administrativo” por participar en “manifestaciones no autorizadas”. Aún sin la presencia de Yashin, en el barrio de Krasnoselski el candidato de Rusia Unida, la vicerrectora de la Universidad de Economía, Valeria Kasamara, no logró hacerse con el escaño. Ganó el socialdemócrata Magomed Yandíev de Rusa Justa, gracias a la estrategia de Navalni.

De los 45 escaños de la asamblea local de Moscú, Rusia Unida ha logrado hacerse con 25. Los restantes 20 son para la oposición. El Partido Comunista ganó en 13 distritos, el liberal Yábloko logró 4, mientras que Rusia Justa consiguió 3 diputados. “En cualquier caso, este es un fantástico resultado para el ‘voto inteligente’. Nosotros demostramos que se puede ir contra el aparato de Putin y ganarle. Ahora, tenemos que armar una ‘oposición inteligente’ y en cinco años lo sacamos del poder”, aseguró Alexéi Navalni en un mensaje a través de las redes sociales.

Vladimir Putin gozó de una enorme popularidad en los últimos cinco años gracias a la anexión de Crimea, pero en los últimos meses bajó más de 20 puntos -pasó de un 80% a menos de 60%- por la brutal represión de los disidentes. Y no vio venir el tsunami de Moscú. Todos los sondeos lo daban ganador. Pero cuando se cerraron los comicios y la encuestadora “Fondo para el Desarrollo de la Sociedad Civil”, cercana al Kremlin, anunció que no divulgaría sondeos a pie de urna en Moscú porque “mucha gente rechazó contestar y el resultado no es fiable”, todos los analistas intuyeron que algo había salido mal para el todopoderoso presidente.

Al día siguiente, cuando un periodista de la cadena de tv Rusia24 le preguntó a Putin por lo ocurrido y la prohibición de participar a los candidatos pro-democracia, ésta fue la respuesta: “En algunos países hay 30, 50 o 100 candidatos, pero, ¿cuál es la calidad de su trabajo? La calidad no tiene nada que ver con la cantidad. Lo importante no es cuántos son, sino qué aportan a la sociedad que los vota”. Pero los números terminaron desmintiéndolo.

(AFP)

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Rusia Unida perdió un gran número de concejales en ciudades como Irkutsk y Jabarovsk. Allí, en Irkutsk, fundada en 1661, los ultranacionalistas del LDPR ganaron la gobernación y la mayoría en el parlamento regional y en los consejos municipales. En los últimos comicios, en 2014, el partido de Putin había sido el ganador absoluto. “Estamos al principio de una crisis política“, opina Stanislav Andreychuk, de la ONG rusa Golos, que se dedica a analizar resultados electorales. “El punto de inflexión llegó en 2018 después de la reforma de las pensiones, los del partido del gobierno bajaron en las encuestas, y ahora no sólo vemos protestas en Moscú sino movilizaciones relacionadas con otros temas no políticos como la ecología”. Andreychuk cree que cuanto más se acerque la fecha en la que debería caducar el mandato de Putin, en 2024, habrá movilizaciones sociales importantes. “La próxima batalla serán las legislativas dentro de dos años. Para entonces, Putin tendrá que inventarse otra invasión como la de Crimea o una guerra para mantener su poder absoluto”.

Precisamente, Putin logró revertir las protestas masivas de la Plaza Bolotnaya, de 2011 y 2012, con la usurpación de la península ucraniana y se consolidó con la participación en la guerra siria y la intervención en las elecciones estadounidenses. Su legitimidad y el apoyo de las elites militares y empresariales dependen de su popularidad y la forma en la que impone el poder. Una de las estrategias del Kremlin fue mostrar la represión contra la Revolución del Maidan, en Ucrania, como ejemplo de lo que le podría pasar a cualquiera que pida reformas en Rusia. Las cadenas de televisión, que en su gran mayoría responden a los deseos del autócrata líder, también difundieron la idea de que los nacionalistas ucranianos, que se opusieron a la invasión del ejército ruso que supuestamente acudía en ayuda de la mayoría de habla rusa de Crimea, eran unos “carniceros nazis”.

Para sacar la atención de Occidente sobre Ucrania y disputar el terreno a Estados Unidos, Rusia intervino con éxito en Siria, rescatando al régimen de Al Assad de la caída. Y para disuadir a Washington de entrometerse en la política interna rusa, como lo hizo en Ucrania, atacó el sistema electoral estadounidense, logrando un resultado más extraordinario de lo que jamás imaginó. Se suponía que todo eso mostraría la asertividad y el vigor recién adquiridos de Rusia, a sus propios ciudadanos más que a nadie. Funcionó así durante algunos años. Pero esta semana Putin volvió al punto de partida. Su popularidad se redujo a los niveles de 2011, con la diferencia que ahora los manifestantes pro-democracia son mucho más jóvenes y no tienen en su memoria nada del “esplendor” soviético ni de la “era de oro” putiniana.

También la oposición es más fuerte. Gracias a la legislación draconiana de Putin sobre “agentes extranjeros”, no depende ni del financiamiento ni del respaldo de Occidente. Una encuesta del Centro Levada publicada en agosto mostró que una mayoría relativa de rusos apoyaba las protestas (37% a favor, frente a 27% en contra); que el 58% no creen en la línea de propaganda del gobierno que asegura que las manifestaciones de Moscú están fomentadas por Occidente; y que el 41% (frente a un 32%) piensa que la represión de las fuerzas policiales fue extremadamente dura.

Todo esto indica que hay un declive en el poder de Putin. Su principal problema es que no hay una segunda Crimea a la vista. Ninguna otra aventura de política exterior puede consolidar a los rusos de la misma manera que este pedazo de “paraíso subtropical” que tiene una clara mayoría pro-rusa y que provocó una gran sensación de injusticia histórica desde el colapso de la URSS. Los rusos ahora se centran directamente en el estancamiento de la economía, la corrupción rampante y el aislamiento internacional de Rusia. Y pronto, más y más fijarán su mirada en la figura del líder “pato cojo” que enfrentará una feroz resistencia si decide prolongar de alguna manera su estadía en el Kremlin cuando finalice su mandato constitucional a fines de 2024.