Hoy nos queda más que claro que el tema de los nuevos modos de armar familias se ha instalado en nuestra sociedad. Esto ha sucedido mucho más rápido que la posibilidad de pensar acerca de lo que presupone este gran cambio en nuestra sociedad.

Antes, hablar de adopción era tabú y a los primeros niños nacidos por métodos de fertilización asistida se los miraba como diferentes y deficientes.

Frases desafortunadas como: “Por algo será que la vida no te da un hijo, tenés que aceptarlo”; “¿No tenés miedo que salga con problemas con tanta manipulación?”; “¿Por qué no adoptás?”; “No seas egoísta, hay tantos chicos huérfanos dando vuelta y vos te gastás hasta lo que no tenés por tener un hijo propio… por favor”, sonaban en reiteradas ocasiones.

Ahora, también sobrevive un dejo de crueldad. Se vuelven a escuchar voces acusatorias cuestionando supuestas creencias personales rígidas y estereotipadas: que ser madre o padre de esta manera está mal, es loco, perverso y hasta peligroso para el niño por nacer.

Ahí, me detengo en un punto fundamental. Para realizar una búsqueda y un tratamiento a través de este modo de subrogación, es necesario tomar recaudos y aceptar que no es posible de cualquier manera y a cualquier precio, y no me refiero a lo económico.

Hay muchas personas para cuidar en el proceso

Antes, durante y después, las prácticas deben estar atravesadas por la ley, el consentimiento y contratos claros frente a ese niño o niña por nacer para proteger sus derechos. Así, también hay que trabajar acerca de las responsabilidades y derechos que tiene y tendrán todas las partes involucradas en esta decisión.

Todo lo que no está prohibido está permitido, dice un artículo de nuestro código civil y penal. En Argentina, aún no está reglamentada esta forma de ser padres y madres. Por eso, debemos ser más cautelosos. El antídoto contra el miedo y los prejuicios es la libertad de poder hablar de esto; poner a trabajar las ideas, a jugar con ellas, y jugarse.

Es importante derribar el mito de que todo es por dinero. Si bien no lo podemos negar totalmente, el amor y la solidaridad son valores que están presentes en este nuevo modo de ser mamás y papás.

Lo fundamental es comprender que cuando una persona desea ser padre o madre, puede decidir, elegir y/o necesitar recurrir a la solidaridad de otra persona para lograr ese objetivo. Se deja de lado la gran pregunta de por qué no adoptar y su ya reiterada respuesta (en este país es muy difícil, tardás años en lograrlo si es que lo lográs, te ponen muchas trabas burocráticas) como así decir que es sólo un negocio, como una trata de úteros que recluta mujeres vulnerables para ganar dinero como único fin.

El ser humano tiene como deseo trascender en su vida y parte de esa idea de trascendencia es inmortalizarse o dejar huellas a través de sus hijos. La biología y la genética aquí comienzan a entrar en el juego de las decisiones respecto de qué modo se llegará finalmente a tener un hijo.

Pero vayamos por el principio

La gestación solidaria es un modo de brindar u ofrecer por parte de una persona a otra la posibilidad de albergar en su cuerpo durante nueve meses al embrión implantado o transferido producto de la unión de un óvulo y un espermatozoide de dos personas ajenas a ese cuerpo receptor.

Ese embrión constituido puede ser por medio de un método de fertilización asistida que incluya material genético de los padres con voluntad procreacional o de un donante de esperma u óvulo anónimo o de ambos.

Sea cual fuere el modo de arribar al fin último de que se geste el bebé en ese cuerpo receptor que lo alojará, si bien la biología y el cuerpo de la gestante no están ajenos a la gestación y desarrollo del mismo, no contienen ADN de esa mujer gestante. No hay vínculo genético.

Pero por ello, no podemos decir banalmente que la mujer que alojará ese embrión es sólo un útero o un vientre. Sería terrible compartimentar a un ser humano. Ella y sus emociones, comportamientos y autocuidados serán cruciales a la hora de garantizar el buen desarrollo del embarazo física y emocionalmente.

Estos procedimientos tienen su logística y sus costos operativos. Por lo tanto, debe quedar muy en claro que existe en la mayoría de los casos una compensación económica hacia la persona que gestará para garantizar su atención, cuidados, acompañamiento físico y emocional durante el embarazo, en el parto y los primeros tiempos del bebé. Y digo los primeros tiempos porque como siempre aclaro, es caso por caso, y cada grupo gestante decidirá cómo continuará el vínculo a futuro luego de que el bebé llegue a los padres que se constituyen en padres con voluntad procreacional, o sea, que ante la ley son los padres.

A partir de la ficción Pequeña Victoria, se generó el interesante debate no de quién es exactamente la madre, sino de qué pasa con el respeto de los implicados en esa decisión luego de que logra el “objetivo” bebe/hijo y cómo se lo presenta ante el mundo. En más del 40% de los casos, la mujer gestante solidaria es amiga de la mujer que no logra embarazarse y recurre a este modo.

Es importante derribar el mito de que todo es por dinero. Si bien no lo podemos descartar totalmente, el amor y la solidaridad son valores que están presentes en este nuevo modo de ser mamás y papás. Me atrevo a decir así, como cuando en la nota anterior les hable de coparentalidad, que el amor, la sexualidad y las maternidades y paternidades, están tomando rumbos insospechados que merecen ser escuchados no tanto desde la cabeza, sino desde el corazón.

¿Se animan a correrse de lo que harían en su lugar y mirar que detrás de cada una de las personas que llegan a esta decisión hay una historia de deseos, sufrimientos, frustraciones, pérdidas y el gran anhelo de que le digan: ‘mamá, papá, vengan’?