Las cifras sobre la salud de los argentinos y de los latinoamericanos indican que los hábitos alimenticios, asociados a una vida cada vez más sedentaria, han favorecido el aumento del sobrepeso y la obesidad en la población. En paralelo, también colaboraron con el surgimiento de enfermedades como la diabetes y la hipertensión.

Siempre considerando la obesidad como una situación de carácter multifactorial, una de las herramientas frecuentemente utilizada para hacerle frente es el etiquetado de alimentos. Sin embargo, la controversia mundial sobre el tema es alta.

Algunos países de Europa y Estados Unidos han optado por un modelo de etiquetado más informativo, que indica las cantidades de azúcar, sal y grasa contenidas en los alimentos. Otros países han adoptado sistemas con colores, lo que se conoce como un modelo nutricional semafórico. Ambos indican las cantidades de los ingredientes en la parte frontal del envase, de acuerdo con las recomendaciones de consumo diario.

En las antípodas, está el sistema adoptado por Chile, que consiste en figuras geométricas de advertencia en negro con inscripciones como “alto en azúcar” o “alto en grasa saturada”. Quienes defienden esta alternativa argumentan que sería más eficiente transmitir un mensaje de alerta al consumidor. Pero la pregunta es: ¿qué es más efectivo informar o aterrorizar?

En este sentido, recientemente, la Cámara de Diputados de Chile ha aprobado un proyecto de resolución mediante el cual solicita al Ministerio de Salud que se estudien y analicen los resultados obtenidos con la entrada en vigencia de la “Ley de Etiquetado”, específicamente, si ha tenido impacto efectivo en los índices de obesidad. La diputada María José Hofmann, autora del proyecto cuestionó: “Cuáles han sido las ventajas y las mejoras que se han realizado en la implementación de esta ley. A pesar de los esfuerzos, las cifras de obesidad infantil han ido en sostenido aumento, lo que nos indica que no se está combatiendo este tema como corresponde”. En el mencionado proyecto sostiene: “Es necesario educar a la población y no actuar erróneamente alertando e introduciendo miedo en la población”.

El mismo debate también tiene lugar en Brasil. Allí, el ministro de Salud, Luiz Hernique Mandetta, en declaraciones recientes defendió la adopción de un modelo de etiquetado informativo, similar al impulsado por Italia. Busca que se resalte la importancia de brindar mayor educación nutricional, promoviendo hábitos de consumo que se basen en entender qué rol juegan los alimentos dentro de una dieta equilibrada.

A pesar de todas las controversias en torno al tema, la posición del ministro brasileño resulta muy pertinente y apropiada. En otras palabras, aunque varios estudios muestran la necesidad de protección contra cantidades excesivas de ciertos macronutrientes o micronutrientes, no hay evidencia de que un etiquetado de “alerta de peligro” promueva un proceso de toma de decisiones más consciente y un uso racional por parte de los consumidores.

Invertir en mensajes que “demonicen” ingredientes o alimentos probablemente no traiga buenos resultados a mediano y largo plazo, ya que nada que provenga del miedo puede ser efectivo. En países con características socioculturales como los latinoamericanos, es un gran riesgo prescindir de la educación para facilitar los procesos de elección e imponer decisiones arbitrarias sin que el consumidor tenga un conocimiento adecuado de lo que está eligiendo.

Necesitamos etiquetas educativas, que informen sobre cantidades suficientes o excesivas de nutrientes y que permitan conocer sobre las porciones adecuadas. En este contexto, el modelo italiano se corresponde más a un etiquetado educativo y transparente. Si los actores involucrados en la discusión optan por la información en lugar del miedo, estarán más cerca de lograr el objetivo de facilitar que los consumidores adopten hábitos alimenticios más saludables.